PARADOJAS DEL BIENESTAR: EL CONSUMO DE IMAGINARIO Y EL IMAGINARIO DEL CONSUMO.
SANTA CRUZ DE TENERIFE
Escenas y Escenarios, en Santa Cruz de Tenerife, establece un recorrido por diversos espacios creados para satisfacer las demandas de una población obsesionada por su tiempo libre. Afronta, de esta manera, el consumo del paisaje como percepción de un panorama de experiencias desde los pasajes y escenarios del deleite. Recurre al silencio, no como ausencia de palabra, sino como preámbulo de una serie de preguntas. Escudarse en el silencio para reflexionar sobre lo que acontece fuera, para analizar el uso y disfrute de los espacios que producimos, para interpretar la nueva realidad espacial en sus distintos niveles y estadios. Se trata de adentrarse en una dimensión próxima, configurada por contextos culturales que están marcados por comportamientos estrechamente vinculados a la cultura de la imagen.
Escenas y Escenarios se interroga sobre los mecanismos que hacen del paisaje un producto cultural en auge y del ocio el motor de su economía. La ciudad con sus parques, sus jardines, sus plazas, sus calles o sus parásitos. La playa, el bosque, la montaña, los ríos. Escenarios que forman parte de un imaginario cultural labrado por la historia. Lugares de disfrute y esparcimiento de una sociedad que necesita renovar constantemente las actividades que se producen en sus espacios de ocio. Escenarios donde nuestras acciones cobran sentido.
La ciudad se convierte en una plataforma esencial para el análisis de las prácticas sociales, pero también para la elaboración de propuestas de transformación social. El espacio urbano como laboratorio y observatorio de un territorio que propicia nuevas experiencias. El impacto creciente de los modos de acción y estilos de vida han tenido consecuencias en los cambios morfológicos y estructurales del nuevo hábitat. El uso y disfrute del espacio público, de los escenarios donde nuestras actuaciones se conforman, pero también donde se produce la comunicación y el intercambio. Reconocemos las ciudades por sus escenarios, entendidos como parte constitutiva del imaginario íntimo y colectivo de un entorno que se aleja de lo natural para adentrarse en el espacio de la imaginación creativa de la forma y de la resolución de nuestros deseos, cuya principal manifestación no es otra que el consumo. Consumo del que el propio espacio urbano es objeto y es muestrario.
En el bosque encontramos el rumor del romanticismo. El paseo por un sendero frondoso, la escasa presencia humana, la soledad, el disfrute del recorrido, el reencuentro con lo “sublime”, con la idea de belleza y con el viaje, añade emoción al placer de un entorno único. El encuentro con la naturaleza “más natural” que poseemos conforma un paisaje marcado con letras de oro por nuestro imaginario. En el otro extremo está la playa, o las piscinas en vacaciones. Invadidas por sombrillas, toallas y carnes relajadas en los meses de verano. El bullicio de la gente se incorpora al ruido de la continua regeneración de las olas. La playa genera una estética que condiciona el propio desarrollo de los asentamientos que se encuentran en su entorno. La búsqueda del sol, del baño, de la visión del mar y la creación de espacios que propicien el deseo, el encuentro y el coqueteo de los cuerpos semidesnudos, hace de este entorno un paradigma de la nueva dimensión que adquiere el disfrute del espacio colectivo. La identidad de cada individuo depende de una serie de encuentros y desencuentros que se van forjando en diferentes momentos y situaciones. Determinados lugares son utilizados estableciendo lecturas de aproximación al habitar de nuestro tiempo. Un habitar que necesita ser interpretado desde la diversidad cultural con la intención de capturar las experiencias y percepciones que propicia un territorio en continua transformación.